Formador de varias generaciones en el amor al deporte y la responsabilidad que demanda la competencia, Oscar Montemurro supo marcar su impronta accesible y a la vez exigente en clubes y colegios de la Región a lo largo de casi cuatro décadas. Su fallecimiento, a los 79 años, provoca pesar entre quienes valoraron su capacidad y compromiso para encarar sus dos grandes pasiones: la educación física y la colombofilia.
Hijo de Yolanda, ama de casa, y Francisco, inmigrante italiano y operario petrolero en YPF, Oscar Salvador nació en la capital federal el 10 de octubre de 1938. Los empedrados de Barracas fueron escenario de su infancia, compartida con su hermano mayor Jorge, “Coco”, futuro productor ejecutivo de espectáculos y discos.
Tras cursar primario y secundaria en los colegios Don Bosco y Santa Catalina, ingresó en el Instituto Nacional de Educación Física de San Fernando; una vez graduado, trabajó en guarniciones militares, entre las que se contó el Batallón 601 de City Bell.
Allí, por intermedio de una amiga, conoció a Beatriz Russo, una trabajadora del Hospital San Juan de Dios de quien se enamoró a primera vista: se casaron el 12 de diciembre de 1964 y radicaron definitivamente en Los Hornos, a dos cuadras del Cementerio Municipal.
Junto a “Baby”, Oscar formó una familia que se prolongó en tres hijos -Claudio, Alejandra y Bettina- y seis nietos: Nico, Jana, Irina, Tomas, Matías y Candela.
Profesor fundador del colegio Monseñor Alberti, dio clases también en el San Luis, en el Comercial San Martín, en Berisso y en Tolosa. Además, fue entrenador de natación de Estudiantes de La Plata y creador de la Escuela de Guardavidas; pionero de la práctica del softball en nuestra ciudad, forjó amistades con colegas como Hugo Puchuri, Rodolfo Messera o Ricardo Echeverría.
Campechano, se ganaba el respeto sin solemnidad; y su temperamento era tranquilo hasta que alguna contrariedad hacía aflorar la efervescencia de su ascendente italiano. Creador en 1965 del palomar “La Bettina”, en su casa, presidió la Unión Colombófila Platense. El almuerzo de cada domingo en familia era una de sus citas “sagradas”: la otra, el minucioso cuidado del ambiente con doscientas palomas, en el que de ahora en más tomará la posta su nieto Matías.
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